Monday, July 13, 2009

Reflexiones de verano

Hace tiempo que me apetecía escribir algo, pero no se exactamente sobre qué.
Lo cierto es que últimamente han pasado muchas cosas en el mundo de la política, la economía y los sucesos, pero ninguna de ellas me ha servido de inspiración.

Estoy demasiado impaciente por disfrutar mis vacaciones, demasiado ansioso por que salga el sol… Tanto que ni la represión china de los uigures, ni la financiación autonómica, ni el caso Gürtel, ni las propuestas de aplicación de los fondos mineros, ni la nueva gripe me han indignado, enfadado, entristecido o sorprendido lo suficiente como para dedicarme a escribir unas líneas como vía de escape.

Por otro lado, desde que publiqué las primeras notas en Internet, me he venido sorprendiendo al saber de las distintas personas que después de dedicar unos minutos a leerlas, se tomaban incluso la molestia de comentar conmigo su opinión al respecto, lo que ha añadido al gesto de publicar estas notas un matiz desconocido hasta ahora por mi; la responsabilidad sobre lo escrito.

Parece mentira la influencia que ese “pequeño matiz” tiene sobre la forma de desenvolvernos de cada uno de nosotros. Me recuerda a la sensación que experimentaba cuando daba mis primeros (y a la postre, últimos) pasos en el mundo de la escalada. Me resultaba incomprensible como, una vía que superaba sin dificultades yendo de segundo en la cordada, sabiéndome asegurado por una cuerda por encima de mi cabeza, se volvía una dificultad infranqueable cuando la cuerda colgaba por debajo de mi cintura y era yo quien debía asegurar la progresión.

En aquellos momentos, con las rodillas temblándome de forma incontrolada, precariamente asido a la pared que trataba de vencer, me preguntaba por qué narices no era capaz de repetir la fácil progresión, si la única diferencia consistía en el orden establecido entre yo mismo y una cuerda atada a mi cintura, que no afectaba para nada al reparto de fuerzas y apoyos entre mis manos y mis pies.

Finalmente hacía de tripas corazón y tiraba para arriba como si debajo de mi la pared se fuese poco a poco desvaneciendo, y la única salida posible fuese conquistar la reunión, o morir en el intento. Y digo lo de morir en sentido figurado, entiéndase.
Aquellas primeras (y últimas) sesiones de escalada se enmarcaban en una época de mi vida en la que, de alguna manera, me propuse vencer mis miedos, sabe Dios por qué motivo. Y fueron una buena terapia, de la que pude extraer muchas enseñanzas extrapolables a todos los ámbitos de la vida.

Entre ellas que uno no debe sentirse obligado a superar sus miedos, sino que debe aprender a controlarlos. Es bastante más fácil, y probablemente más útil también, aprender a conocer los límites de cada uno y a vivir con ellos. Saber en qué terrenos puede uno moverse y en cuales no, y no sentirse de menos por no llegar, en algún momento, a dónde otros parecen haberse aposentado.

No todos podemos escalar el Everest, o viajar hacia lo desconocido a pecho descubierto. Pero podemos hacer otras cosas.

La cobardía no es no atreverse a hacer aquello para lo que no nos sentimos capacitados, sino huir de las consecuencias de nuestros propios actos.

No se por qué he escrito esto, ni por qué he desmadejado este pensamiento. Probablemente porque me apetecía escribir algo, y no sabía muy bien el qué.