Reconozco que no soy un gran apasionado del fútbol, y por eso a lo mejor, esta noticia que he encontrado hoy me ha parecido especialmente indignante.
Al parecer, hay un equipo de fútbol en Valencia que tiene una deuda de 90 millones de euros que le ha forzado a declarar un concurso de acreedores y amenaza con la quiebra. Esta situación debe ser sin duda muy conocida para multitud de empresas españolas de pequeño, mediano y gran tamaño, sobre todo en los últimos meses. Seguramente a Valencia también haya llegado la crisis, y muchos empresarios y autónomos hayan tenido que echar el cierre, dejando a gente en la calle con un futuro bastante incierto, y teniendo que sacar adelante familias, hipotecas, y demás.
Lo que seguramente a todas estas víctimas de la crisis no les resulte tan familiar es que un Ayuntamiento acuda raudo a su rescate, recalificandoles unos terrenitos de su propiedad para que puedan venderlos, o al menos, valorarlos, a varias veces su precio de adquisición, y así sanear sus cuentas.
Me pregunto qué pensarán hoy, quienes lean esta noticia en el periódico y estén amenazados de embargo, o hayan perdido ya sus casas por no poder hacer frente a la hipoteca por haberse quedado en el paro.
Habrá quien piense que estoy siendo un demagogo, pero la realidad es tozuda y día a día nos desayunamos con las cifras del paro y los millones de tragedias cotidianas que hay detrás. Y es que además, desconozco cuál es el caso concreto, pero todos sabemos cómo se las gastan los clubes de fútbol en España, qué sueldos pagan, que deudas tienen y cómo se les permiten cosas que a cualquier otro ciudadano contribuyente ni se le ocurriría plantear.
Si el Ayuntamiento hubiese recalificado estos terrenos para ayudar a un amiguete del alcalde, todos estaríamos hablando de pelotazo y de corrupción, pero como es un club de fútbol, se le pasa.
Y lo peor, no es el primer caso, ni será el último. Ni mucho menos. Quien más quien menos, todos los equipos de fútbol de casi cada ciudad y pueblo de esta piel de toro ha tenido su oportunidad. Y así nos van las cosas.
A ver si por lo menos ganamos el mundial.
Monday, May 31, 2010
Thursday, May 27, 2010
¿Pendientes de un voto?
A tenor del cariz del debate político de los últimos tiempos, y de la grave situación a que nos enfrentamos, la votación de hoy en el congreso de los diputados para ratificar la aprobación del Real Decreto que fija los recortes en el gasto público anunciados hace unas semanas por el presidente Zapatero, es sin duda uno de los momentos más críticos y decisivos para marcar el futuro de España en los próximos años.
Por las diferentes reacciones desde los diferentes ángulos de la opinión pública y sectores especializados, estas medidas que se pretenden aprobar no son baladíes, y su conveniencia o no, puede implicar consecuencias de muy hondo calado para la economía, el desarrollo y el empleo de este país durante toda la década.
En estas condiciones, se nos presenta una nueva incongruencia incomprensible de nuestro sistema político. Resulta que el resultado de esta votación tan determinante, tan crítica, tan decisiva e importante, puede depender de algo tan aleatorio como una enfermedad repentina de un diputado o un error a la hora de consignar un voto.
Al parecer, todo depende de un voto. Pero no sólo porque haya un ajuste muy cerrado entre las diferentes opciones políticas representadas en la cámara, no. Todo depende de un voto porque si hoy, un diputado o diputada que no conoce nadie, al que nadie ha escuchado hablar, que salió elegido con el número 50, 60 o más de una lista de la que la inmensa mayoría de los votantes únicamente conoce los cuatro o cinco primeros nombre, con suerte, si hoy insisto, ese diputado se duerme por la mañana, tiene una avería yendo al congreso, sufre una repentina diarrea o es tan torpe como para no acertar en el botón adecuado, el destino de España puede cambiar de cabo a rabo.
¿Qué sentido tiene esto, en un país en el que los nombres de los diputados no tienen ninguna relevancia, porque lo que se votan son listas cerradas? ¿qué encaje tiene que un político desconocido, al que nadie ha oído hablar para saber lo que piensa, tenga en sus manos el destino de España, al menos sobre el papel?
Si hoy algún diputado socialista, por ejemplo, decidiese que no está conforme con las medidas adoptadas por el gobierno y decidiese votar en contra, ¿qué sucedería? Seguramente se montaría un gran revuelo, los principales partidos políticos se acusarían de mil y una indecencias, pero la votación sería legal y el Real Decreto no se aprobaría. Posiblemente la bolsa se hundiría, la crisis se agravaría y sería inevitable convocar elecciones generales. Al diputado le expulsarían del partido, pero no perdería su acta y podría seguir votando nuevas medidas.
Si estamos votando listas cerradas, el voto de los partidos debería ser unitario y proporcional a su resultado electoral, sin necesidad de que detrás de cada voto haya un diputado con despacho, sueldo, dietas, asistentes, posibilidad de equivocarse e intenciones desconocidas. Todo se simplificaría muchísimo. Cada partido tendría un representante o dos, y toda la infraestructura de soporte a su cargo que le diese la gana. Llegado el momento se reunirían, discutirían lo que tuviesen que discutir, y votarían cada uno con su representatividad, y todos felices. Sin errores, sin bajas por enfermedad, sin transfuguismo.
Porque si no, además, tal vez estemos haciendo que ese diputado o diputada, tenga que someter su conciencia al dictado de un partido, y enfrentarse al dilema de votar en lo que cree, o en lo que le mandan. Pero si admitimos que un diputado vote en conciencia, deberíamos ser capaces de escoger qué conciencia queremos que vote. Y eso pasa por las listas abiertas, donde el elector pueda votar a las personas, y no a los partidos.
Así pues, yo reclamo para este país, o listas abiertas o la disolución del congreso de los diputados. Mientras tanto, yo, VOTARE EN BLANCO.
Por las diferentes reacciones desde los diferentes ángulos de la opinión pública y sectores especializados, estas medidas que se pretenden aprobar no son baladíes, y su conveniencia o no, puede implicar consecuencias de muy hondo calado para la economía, el desarrollo y el empleo de este país durante toda la década.
En estas condiciones, se nos presenta una nueva incongruencia incomprensible de nuestro sistema político. Resulta que el resultado de esta votación tan determinante, tan crítica, tan decisiva e importante, puede depender de algo tan aleatorio como una enfermedad repentina de un diputado o un error a la hora de consignar un voto.
Al parecer, todo depende de un voto. Pero no sólo porque haya un ajuste muy cerrado entre las diferentes opciones políticas representadas en la cámara, no. Todo depende de un voto porque si hoy, un diputado o diputada que no conoce nadie, al que nadie ha escuchado hablar, que salió elegido con el número 50, 60 o más de una lista de la que la inmensa mayoría de los votantes únicamente conoce los cuatro o cinco primeros nombre, con suerte, si hoy insisto, ese diputado se duerme por la mañana, tiene una avería yendo al congreso, sufre una repentina diarrea o es tan torpe como para no acertar en el botón adecuado, el destino de España puede cambiar de cabo a rabo.
¿Qué sentido tiene esto, en un país en el que los nombres de los diputados no tienen ninguna relevancia, porque lo que se votan son listas cerradas? ¿qué encaje tiene que un político desconocido, al que nadie ha oído hablar para saber lo que piensa, tenga en sus manos el destino de España, al menos sobre el papel?
Si hoy algún diputado socialista, por ejemplo, decidiese que no está conforme con las medidas adoptadas por el gobierno y decidiese votar en contra, ¿qué sucedería? Seguramente se montaría un gran revuelo, los principales partidos políticos se acusarían de mil y una indecencias, pero la votación sería legal y el Real Decreto no se aprobaría. Posiblemente la bolsa se hundiría, la crisis se agravaría y sería inevitable convocar elecciones generales. Al diputado le expulsarían del partido, pero no perdería su acta y podría seguir votando nuevas medidas.
Si estamos votando listas cerradas, el voto de los partidos debería ser unitario y proporcional a su resultado electoral, sin necesidad de que detrás de cada voto haya un diputado con despacho, sueldo, dietas, asistentes, posibilidad de equivocarse e intenciones desconocidas. Todo se simplificaría muchísimo. Cada partido tendría un representante o dos, y toda la infraestructura de soporte a su cargo que le diese la gana. Llegado el momento se reunirían, discutirían lo que tuviesen que discutir, y votarían cada uno con su representatividad, y todos felices. Sin errores, sin bajas por enfermedad, sin transfuguismo.
Porque si no, además, tal vez estemos haciendo que ese diputado o diputada, tenga que someter su conciencia al dictado de un partido, y enfrentarse al dilema de votar en lo que cree, o en lo que le mandan. Pero si admitimos que un diputado vote en conciencia, deberíamos ser capaces de escoger qué conciencia queremos que vote. Y eso pasa por las listas abiertas, donde el elector pueda votar a las personas, y no a los partidos.
Así pues, yo reclamo para este país, o listas abiertas o la disolución del congreso de los diputados. Mientras tanto, yo, VOTARE EN BLANCO.
Wednesday, May 19, 2010
¡Ay!, ¿quién maneja mi barca?
En la edición de hoy, 19 de mayo de 2010, de La Nueva España, pueden leerse simultáneamente tres noticias distintas con los siguientes titulares:
1. Zapatero plantea subir impuestos a las rentas altas
2. Corbacho: ´Ninguna propuesta contempla subir impuestos´
3. Las vicepresidentas no se ponen de acuerdo sobre el incremento fiscal a las rentas altas
En épocas de crisis como esta, lo que se necesita es un gobierno con una idea clara que genere un poco de confianza. No se si será bueno o malo subir impuestos o bajarlos, pero lo que está claro es que el gobierno debería decidir qué rumbo escoger.
Thursday, May 13, 2010
Crónica de una muerte anunciada (y no cumplida)

Hoy ha llegado el día en que se debería haber certificado el fallecimiento político del presidente Zapatero.
Si él hubiese tenido un ápice de dignidad, debería haberse abierto las entrañas con una katana (siempre en sentido figurado) como hacían los samurais antes que vivir en la deshonra.
Complementariamente, si la sociedad civil pintara algo en esta democracia, deberíamos haberle echado a patadas, sin derecho a pensión vitalicia y condenado a trabajos perpetuos en favor de la comunidad.
Pero lamentablemente, no sucede ni lo uno ni lo otro, y llegado el día de la muerte anunciada por tantas crónicas, nuestro protagonista sigue vivo y dispuesto a seguir aferrado a su poltrona.
Después de las medidas anunciadas hoy por el presidente de gobierno, me había planteado realizar una investigación de hemeroteca para recapitular sobre las sucesivas estretegias seguidas por ZP en este asunto, pero no creo que haga falta. Todos lo sabemos de sobra.
Cuando la crisis de las subprimes empezó a salir a flote en Estado Unidos, y se empezó a vislumbrar la situación de falta de garantía de los créditos concedidos por la banca mundial (en términos macro), que se había extendido por todo el sistema financiero mundial, muchos expertos comenzaron a mirar con mala cara a aquellos países que habían utilizado mayoritariamente el recurso de la financiación ajena para potenciar sus economías. España era un ejemplo de deuda, y además no para la financiación de bienes de equipo o infraestructuras productivas, sino de créditos al consumo, que era el que había tirado de la producción, de manera muy importante del sector inmobiliario.
En aquellos momentos, con la inercia del desarrollo de los años anteriores, y con la proximidad de unas elecciones generales, pese a que todos los indicadores empezaban ya a apuntar hacia abajo, el señor ZP insistía no sólo en negar la crisis y cualquier riesgo de la economía española, sino en sacar pecho diciendo que nuestro sector financiero era la envidia del mundo, y que España se estaba convirtiendo en una de las principales economías mundiales, habiendo superado claramente a Italia, y amenazando seriamente la posición de Francia. Para pagar su afán de gran humanista, pese a que todos los expertos recomendaban prudencia, el señor ZP se dedicó a repartir dinero alegremente, como si de Robin Hood se tratase, dilapidando el superávit de la Seguridad Social.
Una vez que hubo ganado las elecciones, siguió negando la mayor, diciendo que en España no teníamos que temer a la crisis, que nuestra economía estaba totalmente saneada y que únicamente estábamos sufriendo una desaceleración coyuntural que pasaría pronto. Sin embargo, al cabo de un par de meses la situación ya es insostenible y ZP se ve obligado a reconocer, primero de pasada y luego abiertamente, la situación de crisis, pero achacándola al efecto arrastre de la economía mundial, y señalando que nuestra situación es ventajosa comparativamente con otras economías de nuesro entorno. Sin embargo, poco después se ve obligado a avalar con 100.000 millones de EUR la deuda contraída por las entidades financiera de España.
En aquellos momentos el paro no llegaba a los 3 millones de parados, y ZP ya decía que estábamos en el buen camino. Como seguía defendiendo que la crisis era fruto de la situación mundial, que España estaba situada en una posición ventajosa y que sin duda volveríamos a la senda del crecimiento en el vagón de cabeza de las economías mundiales, estaba convencido de que lo único que deberíamos hacer era aguantar el chaparrón como fuera y esperar a que escampase. Eso significaba tirar de déficit, endeudarse más y más saltándose todos los criterios de control de la Unión Europea, ya que luego recuperaríamos fácilmente nuestra buena situación. Así se idea el Plan E, que supone el desembolso de miles y miles de millones en gasto público para mantener artificialmente el nivel de empleo, en base a recolocar preferentemente a los desempleados de la construcción en obras públicas de dudosa necesidad. Así, en medio de una crisis feroz, el gobierno español apuesta por una inversión sin precedentes en la renovación de aceras, parques y jardines que nos convierte en el país arruinado más bonito y más agradable para que, unos meses después, ya cuatro millones de parados puedan pasar sus lunes al sol.
Así llegamos a abril de 2010, con más de 4.100.000 parados, lo que supone una tasa de más del 20% de la población activa (1 de cada 5 españoles en condiciones de trabajar no tiene empleo) pese al Plan E, a la reiterada insistencia por parte del gobierno en que lo peor de la crisis ya había pasado y con un déficit público del 11,2% del PIB a finales del 2009 (cuando en 2006 teníamos un superávit del 2%) VER NOTA.
Lo grave de la situación es que además de la deuda pública, la deuda privada supone un volumen inaceptable, de casi 4 veces el PIB, y una parte importante de la misma vence a lo largo de este 2010, por lo que los países ahorradores han exigido al gobierno español (igual que hace unos días al griego) un esfuerzo ahorrador en el sector público y un plan de futuro. Y no se andan con zarandajas, ya que lo que está en juego es el dinero de los ahorradores del mundo. De gente que sí ha hecho sus deberes y que lógicamente, no van a soltar miles de millones a fondo perdido. Y entonces le aprietan las tuercas a ZP, que no se ve en otra opción que la de sacar dinero de debajo de las piedras, y que de la noche a la mañana, saca estas medidas que suponen, según sus expectativas, un ahorro de 15.000 millones de euros entre 2010 y 2011, pero, ni esa cantidad de dinero es suficiente, ni las medidas han sido lo audaces que la situación requiere.
¿Qué se le ha ocurrido a ZP? Pues ya lo sabemos. Recorte a los sueldos de los funcionarios (a los que se lo había subido el año pasado un 3%), congelación de las pensiones (¿Y qué pasa con el Pacto de Toledo?), recorte de la inversión pública en unos 6000 millones de euros (¿Y si no hubiésemos gastado tanto en aceras y jardines? ¿Y qué impacto tendrá esto en nuestra competitividad futura?), rebaja de los precios de los medicamentos genéricos y dispensación de los mismos en función de las necesidades del tratamiento (se espera ahorrar más de 1000 millones de Euros…), eliminación del cheque bebé, de 6 meses del pago de dependencia y de 600 millones de ayuda al desarrollo (todos estos aspectos desarrollados por el propio ZP y vendidos como conquistas sociales).
En definitiva, que ha tenido que dar media vuelta y reconocer implícitamente que su política hasta hoy no ha servido de nada. No sólo hemos perdido dos años, sino que este tiempo hemos ido en la dirección equivocada, lo que nos ha llevado a un pozo aún más hondo y oscuro.
¿Pero qué pasa con los 3 o 4 niveles de administración del estado? ¿Qué pasa con el ingente número de cargos públicos que crecen como setas al calor de las competencias transferidas a las autonomías sin orden ni control? ¿Qué pasa con los miles de millones que se gastan en subvencionar molinos de viento y granjas solares que producen por las noches, para ser lo más verdes del mundo? ¿Podemos permitírnoslo? ¿Qué hay de los miles de millones con que se subvencionan organizaciones privadas de fines variopintos, o artistas que no le interesan a nadie? ¿Qué pasa con las televisiones públicas que compiten con la respetable y deseable iniciativa privada a base de déficit público? ¿Por qué seguir pagando a millones de desempleados que se quedan en casa, que no se reciclan o que llegan a rechazar determinados empleos? ¿Por qué no se les endurecen las condiciones o se les pide algo a cambio, como esfuerzo y aprendizaje? ¿Por qué no mete mano a todo esto y mucho más?
Señor ZP, tenga un poco de dignidad, presente su dimisión, renuncie a cualquier tipo de pensión o sueldo público, y convoque elecciones para que los españoles podamos expresar claramente nuestra opinión.
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