A tenor del cariz del debate político de los últimos tiempos, y de la grave situación a que nos enfrentamos, la votación de hoy en el congreso de los diputados para ratificar la aprobación del Real Decreto que fija los recortes en el gasto público anunciados hace unas semanas por el presidente Zapatero, es sin duda uno de los momentos más críticos y decisivos para marcar el futuro de España en los próximos años.
Por las diferentes reacciones desde los diferentes ángulos de la opinión pública y sectores especializados, estas medidas que se pretenden aprobar no son baladíes, y su conveniencia o no, puede implicar consecuencias de muy hondo calado para la economía, el desarrollo y el empleo de este país durante toda la década.
En estas condiciones, se nos presenta una nueva incongruencia incomprensible de nuestro sistema político. Resulta que el resultado de esta votación tan determinante, tan crítica, tan decisiva e importante, puede depender de algo tan aleatorio como una enfermedad repentina de un diputado o un error a la hora de consignar un voto.
Al parecer, todo depende de un voto. Pero no sólo porque haya un ajuste muy cerrado entre las diferentes opciones políticas representadas en la cámara, no. Todo depende de un voto porque si hoy, un diputado o diputada que no conoce nadie, al que nadie ha escuchado hablar, que salió elegido con el número 50, 60 o más de una lista de la que la inmensa mayoría de los votantes únicamente conoce los cuatro o cinco primeros nombre, con suerte, si hoy insisto, ese diputado se duerme por la mañana, tiene una avería yendo al congreso, sufre una repentina diarrea o es tan torpe como para no acertar en el botón adecuado, el destino de España puede cambiar de cabo a rabo.
¿Qué sentido tiene esto, en un país en el que los nombres de los diputados no tienen ninguna relevancia, porque lo que se votan son listas cerradas? ¿qué encaje tiene que un político desconocido, al que nadie ha oído hablar para saber lo que piensa, tenga en sus manos el destino de España, al menos sobre el papel?
Si hoy algún diputado socialista, por ejemplo, decidiese que no está conforme con las medidas adoptadas por el gobierno y decidiese votar en contra, ¿qué sucedería? Seguramente se montaría un gran revuelo, los principales partidos políticos se acusarían de mil y una indecencias, pero la votación sería legal y el Real Decreto no se aprobaría. Posiblemente la bolsa se hundiría, la crisis se agravaría y sería inevitable convocar elecciones generales. Al diputado le expulsarían del partido, pero no perdería su acta y podría seguir votando nuevas medidas.
Si estamos votando listas cerradas, el voto de los partidos debería ser unitario y proporcional a su resultado electoral, sin necesidad de que detrás de cada voto haya un diputado con despacho, sueldo, dietas, asistentes, posibilidad de equivocarse e intenciones desconocidas. Todo se simplificaría muchísimo. Cada partido tendría un representante o dos, y toda la infraestructura de soporte a su cargo que le diese la gana. Llegado el momento se reunirían, discutirían lo que tuviesen que discutir, y votarían cada uno con su representatividad, y todos felices. Sin errores, sin bajas por enfermedad, sin transfuguismo.
Porque si no, además, tal vez estemos haciendo que ese diputado o diputada, tenga que someter su conciencia al dictado de un partido, y enfrentarse al dilema de votar en lo que cree, o en lo que le mandan. Pero si admitimos que un diputado vote en conciencia, deberíamos ser capaces de escoger qué conciencia queremos que vote. Y eso pasa por las listas abiertas, donde el elector pueda votar a las personas, y no a los partidos.
Así pues, yo reclamo para este país, o listas abiertas o la disolución del congreso de los diputados. Mientras tanto, yo, VOTARE EN BLANCO.
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