Hoy estoy aburrido. Así que voy a cumplir mi promesa del anterior post y voy a dar al mundo, gratuitamente, mi propuesta para salir de la crisis. Si el Sr. Zp, o el Sr. Rajoy o cualquier otro representante del pueblo quiere tomar algo prestado, se lo cedo desinteresadamente.
Empiezo.
Lamentablemente no tengo ninguna solución para salir de la crisis rápidamente. No creo que exista. No tiene remedio. El de hoy, es un mal consecuencia de muchos años de perder el tiempo, y pretender recuperarlo así, de golpe, es, si no de idiotas, al menos de ilusos.
Yo no soy economista. No estoy al tanto de los últimos avances en productos financieros, ni en las técnicas de mercado. Pero tengo cuatro conceptos básicos con los que me manejo.
No hace falta ser médico, para saber que si a uno le duele el cuerpo y tiene fiebre, es muy probable que esté enfermo. Ni para saber que guardando una dieta equilibrada, practicando un ejercicio frecuente, y no cometiendo excesos con el tabaco o el alcohol, las probabilidades de vivir mejor más años, se multiplican.
Pues tampoco hace falta ser economista para saber que, en esencia, existen dos formas de hacerse un hueco en el mercado. O diferenciándose, o por escala. Y ahí, está la cuestión.
En la antigüedad, el mundo occidental supo aprovechar una oportunidad para ir distinguiendo su mercado. Mientras las más vastas extensiones del planeta tierra se dedicaban al pastoreo o la agricultura (casi) de subsistencia, en Europa fuimos capaces de aprovechar el tirón de la Ilustración para desarrollar las ciencias y la tecnología.
Eso nos permitió desarrollar una maquinaria bélica y una estrategia militar tan sofisticada como para doblegar al mundo a través de imperios sucesivos, que sirvieron para el establecimiento de colonias que abastecían a la metrópoli de los bienes y productos necesarios para garantizar su bienestar, mientras se seguía investigando y desarrollando la ciencia y la tecnología.
También se desarrollaban las artes y las humanidades. El pueblo europeo era más culto y sabía leer en un porcentaje muy superior al de cualquier otro continente. Y eso nos ayudaba a pensar. Y empezamos a pensar que tal vez aquella situación no era buena, que todo el mundo tenía derecho a las libertades y a unos derechos fundamentales.
Así en Europa la economía se fue desarrollando a la par que la cultura y los derechos humanos. Los obreros se fueron asociando y empezaron a exigir mejoras en sus condiciones, y comenzaron las luchas de clase. Aquella situación convulsa, incrementada por el éxodo derivado de la revolución industrial, nos acabó llevando a unos años oscuros de guerras y revoluciones de los que, afortunadamente, supimos salir a tiempo. Y no sólo eso, sino que además nos ayudaron a desarrollar aún más nuestro ingenio para ser más productivos y más eficientes.
Así nos plantamos al final de la 2ª guerra mundial con una Europa en ruinas, sin colonias, pero libre y tecnológica. Mientras en el resto del mundo seguían ordeñando cabras escuálidas.
Europa rápidamente resurgió de sus cenizas (la Europa libre) y volvió a convertirse en la primera potencia mundial, impulsada por el capitalismo, junto con Estados Unidos y Japón.
El capitalismo básicamente defiende que todo tiene un precio, y que ese precio viene dado por el valor que una cosa tiene para los demás. El dinero, no es sólo dinero, sino la posibilidad de convertirse en algo más. Por ejemplo, en más dinero.
Toda esta evolución permitió a Europa convertirse en un mercado diferenciado, pese a su reducido tamaño.
Pero poco a poco, otros pueblos, otras culturas fueron aprendiendo a salir del pasado. Amparados en regímenes totalitarios, los chinos, los indios y los árabes fueron aplicando sus economías de escala a competir contra nuestra tecnología. Realmente ¿qué han inventado los chinos? Ellos sólo tienen millones y millones de obreros baratos y reos de un régimen dictatorial. ¿Y qué han inventado los hindúes? Pues poco. Ellos viven sobre su régimen de castas, y han logrado un pequeño hueco en el mercado informático porque trabajan mucho y cobran poco. ¿Y los árabes? Los árabes menos aún. Los árabes sólo tienen petróleo. Mucho petróleo.
¿Y cómo reacciono Europa frente a esta competencia emergente de economías de escala? Simplemente no reaccionó. Los años de bonanza económica de Europa supusieron una carga muy pesada para el régimen capitalista porque, al tener de todo, las cosas empezaron a perder valor. Y el valor es la clave de nuestro sistema. Dar más valor a las cosas es lo que nos hace ser más eficientes y más competitivos. Por eso cuando empezamos a dejar de valorar las cosas, empezamos a dejar de ser eficientes.
Y entonces empezamos a mirarnos el ombligo. Y empezamos a buscar la cuadratura del círculo para seguir dándonos buenos precios, sin tener detrás un buen valor que los justificase. Empezamos a confiar en políticos que no se preocupaban de gobernar, si no de mantener un cargo. Empezamos de dejarles, primero que nos dijeran lo que queríamos oir, lo buenos que éramos, y lo ricos que éramos, y todos los derechos que teníamos. Y luego empezamos a dejarles hablar sin prestarles mucho caso.
Las uniones de obreros que tanto bien habían hecho años atrás, empezaron a preocuparse únicamente de mantener privilegios a cualquier precio, sin ocuparse de las obligaciones. Sin ocuparse de la competencia desleal que para los trabajadores de aquí suponían los esclavos de allí. Sin darse cuenta de que era necesaria una acción global frente a una economía global. Sin entender que si nuestros trabajadores querían vivir mejor, nuestras empresas tenían que producir más y mejor, y más barato. Sólo se preocupaban de los grandes convenios y de mantener el status quo de sus afiliados.
Y entonces empezamos a pensar en el plazo más corto y nos pasamos de vueltas. Las industrias dejaron de ser industrias y pasaron a ser empresas financieras donde lo más importante era la cuenta de resultados del año en curso, y el reparto de dividendos que podía hacer subir el valor de la acción.
Y empezamos a sofisticarnos demasiado en el plano cultural. A buscarle los tres pies al gato y convertirnos en preciosistas. Aquí en España además, el revanchismo posterior a la transición nos hizo virar 180º y dejamos de hacer todo lo que se hacía antes, simplemente porque se hacía antes. Conceptos como la moral, el respeto, la disciplina o, por qué no, el castigo, se perdieron. Nos sumergimos en un "todo vale" que nos trajo, primero una corrupción galopante, y después una putrefacción de todas nuestras estructuras. Ya no significa nada ni un policía, ni un maestro, ni siquiera un padre o una madre.
Y a la sombra de todo ese comidismo, de todo ese bienquedar, nuestras administraciones se convirtieron en organizaciones mastodónticas y superpobladas, carísimas de mantener e incapaces de dar el servicio para el que están inventadas. En vez de facilitar las cosas, cualquier inicitiva que surja hoy en día tiene que pasar el filtro de diferentes administraciones, locales, autonómicas y estatales, incluso de diferentes áreas dentro de una misma administración, y todas ellas con la capacidad de poner palos en las ruedas. Se ha perdido el concepto de interés general y se han revalorizado los de impuesto, tasa, y lamentablemente, comisión.
Conclusión, lo que antes era un sistema ágil y motivador, se ha convertido en una hernia incapacitante. Y sin tamaño para competir en escala contra el resto del mundo, sin una estructura ideológica que nos permita reconocernos y asociarnos, y con la pereza que da el tener la barriga llena, hemos llegado al borde del abismo. Y la cosa se ha roto por donde se tenía que romper. Por el sistema financiero que era el que, en última instancia, amparaba el falso sueño en el que estábamos viviendo, todos por encima de nuestras posibilidades. Simplemente, ya no aguantó más.
Así pues, el problema es una cuestión de fondo. No es un hecho coyuntural, una circunstancia pasajera que igual que llegó se vaya a ir. Es necesario replantearnos nuestros propios cimientos, reconocer cuál es nuestra verdadera posición, para poder comenzar a tomar carrerilla otra vez. Y eso lleva tiempo.
El camino, dado que no creo que podamos dedicarnos a producir esclavos para las próximas décadas, y dado que el europeo de a pie no admite vivir sometido, debe ser el camino de la diferenciación, otra vez. Y eso pasa por:
- Replantear nuestros pilares ideológicos. Saber lo que queremos ser, y lo que estamos dispuestos a luchar por ello.
- Reestructurar nuestra economía. Diversificarla y especializarla. Potenciar el I+D. Pero el I+D productivo y valorable. No gastar dinero en mantener becarios en las universidades para que estudien fruslerías. Buscar la rentabilidad a la investigación y la orientación al resultado.
- Flexibilizar nuestro mercado para fomentar la eficiencia. Las empresas deben saber adaptarse a los cambios o morir. Pero se debe facilitar que su lugar lo ocupe rápidamente otra iniciativa, sin crucificarla a permisos e impuestos. Y lo mismo con los trabajadores. Debemos ser capaces de reciclarnos y ser productivos. Cobrar por el trabajo realmente realizado, y no por haber accedido a un determinado puesto.
- Aligerar nuestras administraciones. Tanto desde el punto de vista de las instituciones, como desde el de los funcionarios. ¿Cuántos funcionarios sobran en España? ¿Cuántos ministros y ministerios? ¿Cuántos consejeros? ¿Cuántos concejales? Abaratar el gasto público y dedicar ese dinero a la investigación y a las infraestructuras. Pero siempre siempre manteniendo la orientación a la rentabilidad y el resultado.
- Independizar nuestra economía de los vaivenes del extranjero, desarrollando nuestra autosuficiencia energética. ¿Podemos realmente permitirnos prescindir de la energía nuclear? ¿Sabemos realmente lo que nos cuesta, y estamos dispuestos a pagarlo? Ser eficientes en el consumo, a todos los niveles.
- Formación. Formar a nuestro capital humano, a los jóvenes, en aquellas funciones que vayamos a necesitar. Desarrollar la formación profesional, pero de forma concertada y planificada. No a golpe de cursillo de 30 horas del INEM subvencionado por la UE, que un mes toca de peluquero y al siguiente de electricista. Crear grandes centros integrados de formación profesional y superior, en los que la industria participe e invierta, pero de los que también obtenga un beneficio.
- Reeducar en valores tradicionales. Recuperar el valor de la familia, del esfuerzo, de la justicia y la coherencia, de la reponsabilidad y el respeto. Nuestra gente debe saber que no puede pretender recibir si no aporta, y ambas cosas deben ser proporcionales. Ya está bien de vender humo por la televisión.
- Y ejercer, desde las instituciones, un control responsable de los elementos dinamizadores del país (la banca, la energía, las organizaciones obreras y los propios políticos). No hace falta un partido único, ni un sindicato vertical, sino reformular unas leyes que se cumplan, y ser modélicos a la hora de sancionar. Ya está bien que un político de tres al cuarto la pifie una y otra vez y no pase nada. Debemos ser intransigentes con la corrupción. Es el peor cáncer de nuestra sociedad.
- Desarrollar un sistema de participación del pueblo en la política, no populista, sino basado en el conocimiento. Comités consultivos o colegios profesionales, amplios y que no cobren de la política. A la vez, desarrollar técnicas y sistemas de sufragio universal rápido, que pueda utilizarse con una mayor frecuencia. Y listas abiertas en las elecciones.
Estas son mis recetas. Habrá quien no pueda estar más en desacuerdo con mi postura, pero por lo menos, que no digan que no las he propuesto.