Nota del 13 de noviembre de 2012
Cada historia particular de una familia que se ve abocada a un desahucio es un drama personal. De eso no hay duda.
Lo que sí me permito poner en duda es la dimensión real del problema y, la importancia relativa de este asunto frente a otros que coexisten con él en el tiempo.
Y lo que también me permito poner en duda es si las medidas que con carácter de ley se deben tomar, deben atender al dramatismo de los casos particulares o a la importancia relativa del problema para toda la sociedad.
En los 500 desahucios diarios que se mencionan en muchos periódicos se incluyen, en una proporción desconocida por mí, ejecuciones hipotecarias y desahucios de inquilinos que no pagan sus alquileres. Y en ambos casos se refieren tanto a locales comerciales, plazas de garaje, segundas y terceras viviendas, como también a viviendas habituales, que son las que generan un problema social, diría incluso que humanitario. Pero también incluyen los de los inquilinos jetas que pudiendo pagar, no lo hacen. Los pufistas.
Esta mañana en Herrera en la Onda, Pedro Javaloyes, que es el Jefe del Gabinete de Estudios de Agencia Negociadora (una empresa especializada en la renegociación de deudas) cifraba en aproximadamente 1.400 casos al año, el número de desahucios de viviendas habituales. Es decir, 1.400 familias que cada año se quedan en la calle por diversas causas. Casi cuatro al día. Cuatro dramas. Cuatro.
Según el INE , el número de hipotecas constituidas sobre fincas urbanas pasó de 174.967 en enero de 2007 a 44.800 en enero de 2012. Es decir, el número de hipotecas se redujo en 75%. Tres de cada cuatro familias españolas que hace tan sólo 5 años aspiraban a adquirir una vivienda y conseguían que el banco se la financiase, hoy no pueden o no quieren arriesgarse.
Detrás de esta cifra puede haber, en tan solo un mes, la existencia de 130.000 historias de inmigrantes que no pueden acceder a una vivienda, jóvenes que no pueden emanciparse, familias que no se pueden independizar, etc. Pero también muchos miles de ciudadanos de clase media que, disponiendo de unos ahorrillos acudían a sus bancos a solicitar una hipoteca para comprar un piso (o un local, o una plaza de garaje) de una promoción sobre plano con el convencimiento de que para cuando la obra estuviese finalizada, lo podrían revender fácilmente por un 20 o un 30% más de lo que habían pagado, contribuyendo con ello a inflar la burbuja y a que los que de verdad querían acceder a una vivienda, tuviesen que asumir unos precios en ascenso galopante.
En aquellos años, cuando miles o millones de españoles o residentes se entregaban a la especulación inmobiliaria seguros de que el ladrillo nunca perdería su valor, nadie miraba con recelo a los bancos por "regalar" préstamos hipotecarios, y muy poca gente pensaba en los miles o millones de españoles o residentes que cada vez tenían que endeudarse más y más con los bancos sobre la base de trabajos precarios o avales familiares, o que vivían en chabolas, o en habitaciones de alquiler en pisos compartidos. En los miles de personas que incluso entonces, ni siquiera tenían la oportunidad de pedir una hipoteca que no iban a poder pagar. Todos estábamos felices con hipotecas a intereses bajísimos en los que sólo se pedía como garantía el propio bien que se adquiría con el préstamo, en un momento en que su valoración no dejaba de subir y subir. En definitiva, si las cosas iban mal, sólo había que vender el piso, renunciando como mucho a una parte de la plusvalía, asumiendo simplemente ganar un poquito menos. En aquellos años todos aplaudíamos que nuestro ayuntamiento construyese más piscinas, auditorios, polideportivos, parques, carreteras, estaciones, aeropuertos y lo que fuese, con lo que sacaba de recalificar terrenos para construir más y más pisos. aunque en el pueblo de al lado ya hubiese otra piscina, otro polideportivo, otro auditorio u otro aeropuerto. En aquellos momentos nadie protestaba ni llamaba usureros o asesinos a los bancos o cajas de ahorros. En aquellos años España crecía, nuestro sector financiero era la envidia del mundo mundial y todo iba perfecto.
Hoy las cosas son bien distintas. El paro se ha más que duplicado. Miles de empresas (pequeñas, medianas y grandes) cierran o se van a otros países, a nuestros bancos les exigimos una solvencia a prueba de bomba, precisamente por el daño que les han hecho todas las hipotecas que no hemos podido devolverles. Aunque por otro lado hemos tenido que prestarles cantidades ingentes de dinero por la vía de los créditos públicos (FROB) para evitar su colapso y el de todo nuestro sistema financiero (sí, sí, ese que era la envidia del mundo mundial) que no sabemos si ahora ellos serán capaces de devolver. Nuestra credibilidad como país está por los suelos y eso hace que nadie nos fíe y sólo podamos enfrentar el futuro sobre la base de recortes que nos conducen a un círculo vicioso de recesión, paro, déficit, más recortes, más recesión, más paro, más déficit…
Muchos de los que habían especulado con ladrillos y pudieron vender a tiempo disfrutan hoy en día de sus plusvalías, pero a otros muchos el estallido de la burbuja les ha pillado de lleno, soportando hipotecas de pisos que no van a poder vender, y que cada día valen menos. Con pisos que en muchos casos ni siquiera se terminarán de construir. Los bancos se han visto forzados a restringir el crédito y conceder solo hipotecas a los que tengan la solvencia necesaria para poder devolverla con garantías, que cada vez son menos, y a un precio cada vez más alto. Esta situación está dejando nuevamente a los jóvenes en casa de sus padres, a muchos teniendo que compartir habitaciones de alquiler y cada vez a más y más gente viviendo de la caridad y los servicios sociales, cada vez más desprovistos de todo.
En todo este periodo de tiempo, el suicidio sin embargo se mantuvo en cifras muy estables, en 3.263, 3.421, 3.429 y 3.145 casos en 2007, 2008, 2009 y 2010 respectivamente.
Como decía al principio, cada historia particular de un desahucio es un drama. De la misma manera que cada muerto en un accidente de tráfico lo es. O cada caso de un africano que se lanza al mar despreciando su vida en pos de un futuro digno. O cada caso de los que no tienen ni siquiera la fuerza necesaria para poder intentarlo. O cada abuso. O cada acoso.
Y es la obligación de los estados y de las personas de bien tratar de ayudar en la medida de lo posible a los que sufren, a los que no tienen las mismas oportunidades estableciendo los medios de ayuda social necesarios (comedores, residencias, hospitales, legislaciones, etc.).
Pero la forma de afrontar estos problemas no es legislar a golpe de titular amarillista del periódico de turno. La forma de solucionar esta situación, si es que hay alguna, no pasa por el pan para hoy sin pensar en el mañana. Esta situación de excepción, de emergencia, requiere soluciones de excepción y de emergencia. Requiere dejar atrás prejuicios políticos y mayormente complejos progres, y consensuar planteamientos realistas, globales e integradores a largo plazo. Definir de una vez un modelo y darle estabilidad.
Tal vez sea necesaria una reformulación global de la Constitución. Buscar un acuerdo de mínimos para el modelo autonómico y acordar no volver a poner el tema sobre la mesa hasta que no recuperemos un nivel suficiente de empleo y crecimiento. Tal vez haya que alargar los periodos legislativos para dar estabilidad al gobierno de turno y no estar sometiéndole cada pocos meses al estrés de unas elecciones (locales, autonómicas, europeas, generales, etc.). Tal vez haya que renunciar a parte de nuestra propia soberanía nacional para buscar una mayor integración en Europa, que hoy por hoy es nuestra única armadura. Tal vez haya que dejar gobernar a un partido que hace menos de un año ha conseguido una mayoría absoluta.
Yo personalmente soy escéptico y pesimista porque veo a demasiada gente queriendo meter baza. Demasiado ideólogo en la sombra manipulando el descontento vestido de 15-M, 25-S y similar. Demasiado político demagogo tratando de sacar tajada del río revuelto, echando leña a cualquier fuego con tal de incendiar ánimos. Demasiado gobernante barriendo para su administración, sin importarle para nada el progreso común de todos. Demasiado sindicalista incapaz de ver más allá de su barriga. Demasiada gente con buenas intenciones a la que los árboles no le dejan ver el bosque. Nos faltan líderes, nos falta consenso y nos falta un proyecto con el que identificarnos, que nos agrupe y nos ilusione. Todos tenemos el mismo enemigo, pero no somos capaces de reconocerlo.
El PP está teniendo su oportunidad, con cuatro años de mayoría absoluta para poder tomar decisiones y llevarlas a la práctica. Pero parece que el tiempo va pasando y no salimos de lo mismo de siempre. Tiritas. Y mañana, la segunda huelga general.
Ese enfoque global con proyección a largo plazo es lo que necesitamos, y no políticos que se pasen el día escurriendo el bulto, recriminándose chapuzas, poniendo parches y reclamando derechos localistas tratando de chupar un poco más del bote, y que sólo se echen las manos a la cabeza y reaccionen mediáticamente cuando cuatro niñas mueren aplastadas o una mujer, en su desgracia, decide acabar por la tremenda.
Y yo espero que ese líder, que ese proyecto, salga de algún lugar dentro del propio sistema. Desconfío de los líderes populistas que surgen del descontento de las masas anónimas, porque por lo general terminan siendo personajes oscuros y totalitarios. Hitler, Pol Pot, Jomeini o Fidel Castro son ejemplos surgidos en ese tipo de caldos. Por el contrario, personalidades como Churchill, Roosvelt, Helmut Kohl u Oscar Arias fueron líderes que supieron guiar a sus pueblos en momentos muy difíciles, pero desde el respeto y la defensa de los órdenes establecidos y de la democracia, y llevarlos a la catarsis y al éxito. Ojito con las revoluciones.
Wednesday, November 14, 2012
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