Wednesday, November 21, 2012

Los Reyes Magos

Entre la actualidad tan crispada que los periódicos nos ofrecen a diario desde hace algunos meses, con tantas noticias que se presentan de una manera sesgada y tendenciosa, o por lo menos sensacionalista, a mi modo de ver, hay algunas que no reciben tanta atención y que sin embargo, deberían mover nuestras conciencias porque, en estos casos, no somos sino nosotros mismos, la sociedad, los culpables de las situaciones que se producen.


Leo hoy en El Mundo la siguiente noticia:

Colas de cuatro horas para conseguir juguetes baratos.

Ante la proximidad de las Navidades, en las últimas semanas han llegado a mi poder catálogos de juguetes de numerosas cadenas, editados a todo lujo y muy voluminosos. Es vergonzoso echarles un vistazo y comprobar los precios exagerados que tienen unos juguetes que no valen ni la cuarta parte de lo que cuestan. Que te cobren 40 ó 50 euros por un aparatito de plástico extruido en serie, con unas funcionalidades muy limitadas, y fabricado generalmente en países asiáticos con un control de calidad muy poco exigente es lo habitual.

Pero que las jugueterías pidan eso o mucho más por unas tonterías que no lo valen ni de lejos no es lo problemático. Lo verdaderamente preocupante es que entre todos hemos convertido esos cacharritos en indispensables.

Lo que también llama la atención de esos voluminosos catálogos es que son puro merchandising. Casi no existen los juguetes, digámoslo así, genéricos. Al revés de lo que ocurre con los medicamentos en las farmacias, donde hoy en día se suele despachar por principio activo (paracetamol, ibuprofeno, amoxicilina, etc.), los catálogos de juguetes vienen a ser algo así como un recopilatorio de series de televisión o películas de Disney.

No hay secciones de coches, o puzzles, o muñecos. Lo que vienen son las secciones de Bob Esponja, Dora Exploradora, Monter High, Cars, Spiderman, Mickey Mouse, Peppa Pig, etc. En todas venden prácticamente lo mismo, pero caracterizado para el personaje de turno y a un precio igual de desorbitado.

Me pongo en la piel de las familias que no pueden llegar a fin de mes, y ahora además se les viene esto encima. Me pongo en su piel porque hemos llegado al punto de que nuestros hijos necesitan estas cosas para ser felices. Para no llegar al colegio el primer día después de Navidad y sentirse frustrados por no tener el juguete de moda. Antes me acordaba de la peli de Arnold Schwarzenegger en la que tenía que comprar a su hijo un Turboman a toda costa, y me reía. Pero ahora veo que la realidad ha superado a la ficción y me parece horrible.

Y si hablamos de chavales un poco mayores, peor. Según otra noticia de hoy en el periódico, el iPad es el regalo favorito de los niños entre 6 y 12 años en EEUU. ¡¡Un iPad que cuesta 600 euros!! Y la segunda opción es la Wii…

La sociedad, por así denominar al conjunto de influencias externas a la familia, no ayuda en nada. El bombardeo de publicidad es masivo. Las estrategias comerciales son tremendamente agresivas y los responsables de marketing de muchas empresas sin escrúpulos saben que resulta muy difícil decirle siempre que no a un niño, así que se lo camelan con una pijada y saben que los papás o los abuelitos no se resistirán siempre y acabarán por comprarle esas chucherías que no necesitan, ese helado que ni sabe bien, ese coche de spiderman que no hace nada, la nintendo 3DS o el iPad, y a partir de ese momento, ese niño se habrá convertido en un instrumento más de su marketing, porque todos los demás se sentirán frustrados porque ellos también lo quieren, así que lo pedirán con más ahínco.

Sólo hay que ir rotando temporada a temporada las series en los canales temáticos para asegurarse una clientela entregada.

Los niños son especialmente vulnerables a la publicidad, y especialmente consumidores de televisión, y aún así, no hay control ni se fomentan iniciativas para poner coto a este consumismo perverso.

Pero no toda la culpa está fuera de casa. Está claro que los medios no ayudan pero quienes al final sucumbimos a la presión somos los padres. Los adultos en general. Los que no fijamos barreras ni proporcionamos otros estímulos ni otros valores.

Cada vez nos metemos, y les metemos a ellos, a los niños, más y más en la rueda. ¡Cómo se celebran los cumpleaños! ¿Y las comuniones? Lo de las comuniones es especialmente indignante, porque un hecho religioso, la celebración de un sacramento, se convierte en una orgía consumista. Los niños no comulgan por la fe, sino por los regalos. Y luego están las Navidades.

Y sin embargo, apenas tengo conocimiento de iniciativas sociales que vayan encaminadas a luchar contra este statu quo. A pesar del grave problema que para muchos padres de familia tiene que suponer. A pesar de que cualquier movimiento en este sentido es una inversión a largo plazo en justicia social y consumo responsable.

Hay iniciativas para conseguir juguetes para los niños necesitados de los demás, como la de los bolígrafos solidarios de http://www.unjugueteunailusion.com/ , pero nada que tenga por objetivo aplacar el apetito consumista de nuestros hijos. O al menos yo no las conozco.

A pesar de todo, los niños acumulan cada vez más y más juguetes rotos o inútiles, a los que ni miran, con los que se cansan de jugar al cabo de unos minutos para meterlos en un cajón y olvidarlos. A pesar de que millones de niños en el mundo no tienen nada de nada. A pesar de que en realidad, los niños no necesitan juguetes para ser felices, salvo que nosotros les inculquemos esa idea.

A mí me toca ahora empezar a enfrentarme personalmente a esta dificilísima tarea de intentar educar en la prudencia y la moderación a unos niños que tienen todo lo que necesitan, gracias a Dios, y espero poder transmitirles algo de esto que expreso ahora. Pero si alguno de los que leáis esta nota tenéis algún consejo, o conocéis alguna técnica, por favor, comentadla. Os estaré muy agradecido.

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