John Lenon imaginaba un mundo sin fronteras ni religiones donde todos viviésemos libres y en paz, y la gente dijo que era un genio, y su canción se convirtió en un himno.
John Lenon defendía el derecho a soñar y estaba convencido de que lo único que hacía falta era que todos los soñadores se uniesen en hermandad.
Yo no aspiro a ser John Lenon, pero me voy a aprovechar del crédito que otorga a los soñadores para plantear mi propia revolución. Porque creo que todo el mundo tiene derecho a pensar en lo que quiera, y como todos los días escucho muchísimas cosas de fuentes que gozan de un gran respaldo y predicamento, y que a mí me parecen absurdas y enormemente estúpidas, me atrevo a ir perdiendo el pudor y lanzarme yo también a decir mis propias tonterías. Creo que estoy en mi derecho.
Viendo el panorama que me rodea, cada vez más crispado, me planteo dónde está el fallo para que las cosas no funcionen bien. Para que, en contra de lo que esperaba Lenon, el mundo esté cada vez más dividido. Y la conclusión a la que llego es que tal vez estemos partiendo de un planteamiento erróneo en la base.
Hace unos días discutía con unos amigos que se diera por sentado que la ordenación de los niños en la escuela tuviese que ser cronológica y alfabética. Lo hacía en el ámbito de una discusión un poco más profunda sobre la segregación por sexos, pero eso no viene al caso. Lo relevante es que muchos modelos sociales se basan en afirmaciones supuestamente evidentes, que a lo mejor no lo son tanto, pero que nadie o muy poca gente se plantea. Hasta que de pronto surge algún líder en algún lugar que derriba los axiomas vigentes y la sociedad sufre un cambio disruptivo, normalmente de repercusiones catastróficas.
Así es como las sociedades humanas suelen gestar sus revoluciones. Así es como los franceses terminaron con siglos de absolutismo, como los bolcheviques acabaron con los zares, o como los nazis quisieron terminar con las democracias burguesas de principios del siglo XX.
Desgraciadamente, las sociedades no son tan sólidas y previsibles como las matemáticas.
Ahora todos (en nuestro entorno) damos por hecho que la democracia es el mejor de los sistemas posibles. Y seguramente sea así. ¿Pero y si no lo fuera? ¿Hay alguien que, con un poco de perspectiva histórica, pueda afirmar que dentro de 500 o 1000 años, las sociedades más avanzadas seguirán siendo las democráticas? ¿Alguien piensa que un sefardí en la Córdoba del Califato se imaginaba que 1000 años más tarde sus descendientes iban a estar peleando a muerte contra los musulmanes en Israel con el apoyo de los países cristianos?
Así pues como el futuro es una incógnita, y cualquier cosa puede ser, yo voy a cuestionar que las personas sean de los sitios y que tengan que decidir cómo organizarse. Si juntamos a gente al tuntún en un lugar confinado y les obligamos a entenderse en condiciones de igualdad, será difícil que lleguen a acuerdos duraderos, porque cada uno intentará imponer sus ideas a los demás. Si les retiramos las condiciones de igualdad, probablemente acabaremos en un sistema desequilibrado en el que unos dominarán a los otros y no habrá justicia social.
¿Pero qué pasa si en vez de definir países y vincular a la gente con los sitios en función de su lugar de nacimiento, definimos modelos y dejamos que cada uno escoja dónde prefiere estar? Si a mi me cansa tener que estar defendiendo continuamente mis ideas y soportando las de los demás, ¿por qué no puedo juntarme con los que piensen más o menos como yo, y establecernos en un lugar donde no tengamos que estar definiendo continuamente nuestro modelo social? En vez de fijar a la gente y rotar el modelo, fijemos el modelo y que la gente rote libremente donde prefiera. Así todos los que están en contra del liberalismo se podrían ir a su modelo socialista a vivir tranquilamente y podrían ponerse de acuerdo sin problemas para echar la culpa de todo a la banca y a los empresarios, si es que encuentran alguno. Y no tendrían que pagar sus deudas y todos valdrían lo mismo y todo sería igual para todos. A mí no me importaría tener que ser yo el que se fuera, si pudiera irme a un país libre de plastas con un modelo en el que me encontrase a gusto y que supiera que no iba a cambiar cada dos por tres. Igual no era un país muy grande, pero sería el mío.
Así que desapeguémonos del terruño y dividamos el planeta en tantos países como modelos sociales posibles existan, y dejemos que cada uno escoja dónde quiere vivir. Sería difícil ponerlo en marcha, pero ¿por qué no intentarlo?
Esta idea es deliberadamente estúpida. Sé que un mundo así no es posible. Al menos es tan imposible como el que se imaginaba Lenon mientras ejercía su activismo pasando semanas metido en la cama de hoteles de cinco estrellas. Pero ¿quién me puede culpar por ser un soñador?
Thursday, November 22, 2012
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