Nota del 5 de Noviembre de 2012
Hace ya unos cuantos años que el programa de Ramón Sánchez Ocaña nos advertía que resulta mucho más inteligente y eficaz prevenir que curar, pero por alguna razón, vaya usted a saber si por esta carácter latino nuestro tan desordenado, seguimos sin hacer caso, acordándonos de Santa Bárbara únicamente cuando truena.
La desgracia ocurrida este pasado fin de semana en Madrid, en la que cuatro pobres niñas pagaron con su vida los excesos de sucesivas y crecientes confianzas que nos han traído hasta este punto, hace que hoy, lunes, todos nos echemos las manos a la cabeza y la culpa al vecino por no haber sido capaz de prevenir un suceso tan terriblemente luctuoso.
Tengo claro que la vida es riesgo, y que en cualquier momento, en cualquier circunstancia, todos somos vulnerables. Hay accidentes en casa, en el trabajo, en el coche, en una excursión, comiendo un filete… hay elecciones buenas y malas, y la mayoría de ellas son imprevisibles. La causa de estas muertes la está investigando la Justicia, y confío en que determinará las posibles actitudes criminales y dirimirá las correspondientes responsabilidades, aplicando la ley, espero que de manera ejemplar, para que este suceso marque un antes y un después.
Pero más allá del hecho en sí, muchas otras cosas me han puesto la piel de gallina leyendo los testimonios derivados de esta tragedia, y he tenido que volver a preguntarme por qué hemos llegado hasta este punto, en qué momento no hemos sabido parar.
Lo primero que me llamó la atención fue la corta edad de las víctimas, en una fiesta cuya atracción principal comenzaba pasadas las tres de la mañana. Una fiesta que estaba previsto se alargase hasta las seis o más, lo que tendría que resultar en que esos niños no volviesen a sus casas hasta las ocho o las nueve de la mañana siguiente. De hecho, parece ser que a esas horas, el servicio de emergencias recibió centenares de llamadas de padres alterados que acababan de escuchar la noticia en la radio y al ir corriendo a la cama de sus hijos, se encontraban el hueco vacío y frío. Me da un vuelco el corazón poniéndome en la piel de esos padres imaginando la terrible angustia que inmediatamente debió apoderarse de ellos. ¿Qué les dirán a sus hijos el próximo fin de semana? ¿Qué esperarán que sus hijos hagan de ahora en adelante?
Está claro que ahora podremos reprochar al Ayuntamiento, a la organización, a la policía, a quien se quiera, no haber dispuesto las necesarias medidas de control en los accesos al recinto para evitar la entrada de menores, pero en realidad, eso no sería necesario si no hubiese tantos padres como menores, que hubiesen omitido su deber de vigilancia y control. No es razonable, bajo ninguna luz, que un menor, incluso que muchos mayores de edad, anden sueltos sin control cruzando Madrid entero, sin horas, sin límites y sin condiciones. Por tanto la primera exigencia debería ir hacia esos padres, que además, con la omisión de sus responsabilidades complican muchísimo la labor de los que sí se preocupan de lo que hacen sus hijos y se tienen que enfrentar a ellos cuando les toca argumentar que “a sus amigos sí les dejan”.
Mis hijos son todavía muy pequeños, pero tiemblo pensando el día en que me tenga que enfrentar a estas situaciones yo, como padre, y sólo pienso en la manera de poder darles opciones que les puedan resultar interesantes y les sirvan para tener un poco más de criterio. No sé si llegado el día yo también sucumbiré, por lo que no puedo hablar muy alto, pero hoy por hoy, creo que la idea está clara. La libertad no es sinónimo del descontrol o de la ausencia de responsabilidad.
No pretendo culpar a los padres de estas muertes, faltaría más. Me horroriza imaginar el terrible dolor que estarán sufriendo. Y sé que de chavales todos hemos hecho locuras, y yo el primero. Pero no puedo dejar de pensar en qué hacían allí esas criaturas.
Otra cosa que me llamó la atención fue la decisión del Ayuntamiento de Madrid de no volver a alquilar sus dependencias para este tipo de actividades. Puro fariseísmo. ¿O es que no sabían ya qué tipo de fiestas son esas y lo que hay en ellas? Solo hacía falta mirar el vídeo de promoción del “evento” para ver de qué iba la cosa.
El ayuntamiento de Madrid, o cualquier organismo o entidad podrá hacer con sus instalaciones lo que quiera. Después de invertir a bombo y platillo un dineral en un equipamiento vacío de contenido, hace muy bien en buscarle una rentabilidad, siempre y cuando se establezcan unos protocolos previos sobre condiciones y precios que sean claros y conocidos. Y si en esos protocolos se establecen unos requisitos de aforo o seguridad, por ejemplo, es responsabilidad directa del usuario cumplirlos, pero entiendo que también, subsidiaria o solidariamente, del titular de la instalación.
Pero si el Ayuntamiento de Madrid, o cualquier otro, entiende que destinar un recinto deportivo a un espectáculo masivo en el que determinados comportamientos son habituales (y encima vistiéndolo como actividad cultural) que lo asuma. Si el Ayuntamiento de Madrid, o cualquier otro, es partícipe de los valores y actitudes que en determinados acontecimientos se promocionan y presta sus instalaciones a dichos fines, que lo asuma.
Es muy fácil echarle ahora la culpa de fondo a los botellones, al alcohol y las drogas. Pero es increíblemente cínico pretender erradicar ese tipo de comportamientos cuando cotidianamente se toleran en otros ámbitos y lugares. No se monta un botellón con miles de participantes si antes no se han montado muchos más con decenas, y luego centenares de chavales y no se ha hecho nada para evitarlo. Cuando en muchos otros lugares, desde determinadas organizaciones sociales incluso se reclama la habilitación de lugares específicos para estos actos, dando por válidas esas conductas.
Anunciar ahora que no se alquilarán más los locales del Ayuntamiento de Madrid para macrofiestas es no ir más allá de la punta de la nariz. Seguramente será una medida más mediática que otra cosa, pero si lo que de verdad se pretende es prevenir comportamientos potencialmente peligrosos, insalubres y destructivos, no es más que una medida circunstancial e irrelevante. Lo que se debe hacer es prohibir y erradicar los “botellones”, fomentar un ocio sano alternativo, proporcionar opciones y crear una corriente favorable a la integración y a las prácticas saludables, controlar férreamente el cumplimiento de las ordenanzas municipales y las leyes en general en materia de horarios, ruidos, aforos, venta de alcohol a menores, salud pública, etc. Y eso no se puede hacer de un día para otro.
Un ayuntamiento que hasta el 31 de octubre consideraba válida la cesión de espacios municipales concebidos para el deporte, para la celebración de macrofiestas “tecno”, consintiendo implícitamente la celebración de botellones en el parking (menores incluidos), no puede pretender que el 2 de noviembre todo eso se revierta simplemente no volviendo a alquilar sus locales.
Pero la responsabilidad no es sólo del Ayuntamiento de Madrid, sino de todos los que desde los ámbitos públicos, toleran e incluso defienden este tipo de actitudes, y de todos los que se aprovechan del candor juvenil para manipular en pos de sus fines particulares a chavales inmaduros que se creen que esto es Jauja, y prefieren pensar en un mundo lleno de derechos y exento de obligaciones.
Sé que a los niños se les educa en casa. Uno no puede delegar esas cuestiones ni en la escuela, ni en el gobierno ni en nadie. Pero pienso que a los padres nos están dejando solos cuando desde las instituciones se ampara o incluso fomenta la ordinariez, el hedonismo y una cierta esquizofrenia colectiva que inhabilita la capacidad individual de asumir responsabilidades. Basta ya de modelos pueriles en los que las películas de vaqueros se supone que incitan a la violencia, pero se programan continuamente y en cualquier horario realities cutres, programas vacíos de contenido y se promociona a tipos carentes de mérito alguno. Basta ya de relevar a los menores de cualquier responsabilidad, ni siquiera escolar. Basta ya de demonizar conceptos como la disciplina o el castigo, y de cuestionar continuamente los modelos de autoridad. Que nos dejen hacer a los padres sin meternos palos en las ruedas continuamente desde la televisión y los poderes públicos.
Desgraciadamente, este incidente no ha sido el primero ni será el último de este tipo que tengamos que lamentar. Los tumultos y las muchedumbres son peligrosos, y hemos tenido que asistir a accidentes como éste en conciertos, partidos de futbol y hasta en peregrinaciones religiosas. Sólo hace falta una pequeña chispa para prender el pánico, que en las multitudes se propaga rápidamente haciéndolas ingobernables. Está claro que existen opciones para tratar de minimizar los posibles daños, pero el riesgo siempre estará ahí.
En este caso todo parece indicar que pudieron haberse incumplido las exigencias para este tipo de eventos (sobre aforo, falta de medios adecuados, etc.) y habrá que confiar en que la Justicia aclare lo sucedido e imponga las correspondientes sanciones a los que hayan sido los culpables. Pero más allá de la circunstancia concreta, en este caso se plantean una serie de cuestiones que deberían hacernos reflexionar una vez más sobre la deriva de nuestra sociedad y hacia qué modelo estamos avanzando, para que, si aún estamos a tiempo, corrijamos lo necesario. Empezando en casa.
Wednesday, November 14, 2012
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